Los judíos tienen un sana costumbre; no todos por supuesto, solo los que siguen la tradición a rajatabla. Otros ni siquiera conocen este hábito que es el de mojarse las manos, tres veces, alternadamente, cada mañana apenas levantarse. El agua debe estar contenida en una jarra o en un vaso, da igual, pero no es lo mismo poner las manos tres veces bajo el grifo y, en esta ceremonia matinal, lo importante es respetar la forma.
¿Por qué lo hacen? Para alejar los malos espíritus que se han adueñado durante la noche de sus sueños y sus cuerpos y comenzar el día con el alma pura.
Hoy tuve un día especialmente fastidioso, donde todo lo que emprendí salió mal y recordé esta costumbre que me había confiado un amigo, así que decidí ponerla en práctica a partir de mañana. También me pregunté si no habría algo de cierto en eso de que los malos espíritus invaden nuestro sueño, teniendo en cuenta mi habitual malhumor de la mañana, la angustia con que a veces me despierto y la imperiosa necesidad de saltar de la cama apenas abro los ojos. ¡Qué lugar extraño ese del sueño! Aunque Freud y el Libro de los sueños intenten descifrar algunas claves, cuando cerramos los ojos quedamos indefensos ante los asaltos de todo aquello que nos perturba y nos predispone para un buen o mal despertar y las claves solo sirven para evaluar las manifestaciones de lo soñado y no la posesión que las provoca. Yo creo que el del sueño es un espacio tan insoldable como la muerte y que hay un momento, dentro de él, que exacerba nuestras catástrofes, pero que nunca las redime. Y según pasan los años, cuando el sueño fantasía, aquel que nos hace esperar lo irrealizable, se agota, es más difícil el despertar.
Por eso mañana, cuando el primer rayo de sol espabile mis ojos, voy a saltar de la cama y antes de tocar mi rostro, antes de tocar mis ojos y mi boca, voy a echar tres chorros de agua en cada una de mis manos y veré si de verdad comienzo el día con un alma nueva.
Por eso mañana, cuando el primer rayo de sol espabile mis ojos, voy a saltar de la cama y antes de tocar mi rostro, antes de tocar mis ojos y mi boca, voy a echar tres chorros de agua en cada una de mis manos y veré si de verdad comienzo el día con un alma nueva.
Mujer con jarra, pintura del artista neerlandes Johannes Vermeer - 1662
