El por qué de este blog

Por qué este blog? porque nosotras, las mujeres que no nos embanderamos, también queremos hacer escuchar nuestra voz, más pausada, en un tono más armonioso -o al menos es lo que pretendemos- porque tenemos mucha experiencia transitada y mucho para decir en este campo de controversias en que se ha convertido la "lucha de géneros". E invitamos a aquellas compañeras que se sientan identificadas con nuestra postura a colaborar en nuestro blog con sus comentarios.

lunes, 26 de junio de 2017

La costumbre olvidada de escribir cartas

Hace años, un montón, teníamos la interesante manía de escribir cartas. Eso sucedía aún cuando nuestro destinatario viviera en la otra cuadra, pero teníamos urgencia de comunicar nuestros pensamientos. Todo eso se acabó, con la correspondencia electrónica llegó la brevedad y el vacío intelectual y dialógico: sip, nop, + o -, más tarde contesto, toy llegando, beso.

Más aún, si siguiéramos con esa sana costumbre estoy segura que gastaríamos mucho menos en psicólogo. Qué mejor que un papel para recibir nuestras angustias cotidianas, aunque después ese papel terminara abollado en un canasto. Nada más esperado que el consejo de un amigo distante advirtiéndonos que no hiciéramos tal o cual macana, aunque cuando llegara la respuesta la macana ya estaba hecha.



Ay! nuestras cuitas de adolescentes!!! Y el placer de desparramarlas en una interminable carta, que nos hacía revivir el momento romántico que habíamos vivido esa mismísima noche. Revivir, adornar, engolosinar, manejar las intensidades, aumentarlas de ser posible u ocultar las que habían sido muy subidas de tono,

Precisamente, debido entonces a esa antigua manía hemos podido rescatar los pensamientos íntimos de nuestros filósofos más admirados. Entonces encuentro que Adorno, el 18 de marzo de 1936,  se disculpa de esta manera, desde Londres, con su amigo Walter Benjamin, por no haber respondido enseguida su carta:

"La terrible presión de trabajo al que me encuentro sometido -el libro de Lógica, la conclusión de mi parte, terminada excepto dos análisis, de la monografía sobre Berg y la investigación sobre el Jazz- hacen que cada uno de estos comienzos carezca de expectativas. Y enteramente frente a una producción en presencia de la cual tomo muy seria conciencia de la insuficiencia de la comunicación escrita....no hay una sola frase que no deseara comentar a fondo con usted. Mantengo la esperanza de que ocurra muy pronto, pero por otra parte no quisiera esperar tanto tiempo para contestarle, por insuficientemente que sea".



Cuál hubiera sido la disculpa de nuestro amigo, hoy: Mucho trabajo, cuando pueda te contesto. Bs.
Por supuesto, la respuesta pendiente será más breve que la disculpa de Adorno.

Como soy lo suficientemente vieja para recordar aquellas conversaciones que manteníamos en los bares, en aquellos tumultuosos años ´70, donde se mezclaba la filosofía, la política, las películas de Buñuel y los libros de Scorza, puedo también lamentar la pérdida de los diálogos que enriquecían nuestra vida intelectual. Eso también cambió, como ejemplo, la tarde lejana, en Carmen de Patagones  -lejana pero con la cybernética incorporada a nuestras vidas- cuando comenté en una mesa de amigos mi, entonces recién inaugurado, amor por Benjamin y un "profesor de Historia" me plantó un muy displicente: a vos cualquier colectivo te deja bien. 
Parece que no, con altos y bajos este amor fue creciendo y a través del mismo pude conocer dos siglos de pensadores que no figuraban en mi haber y que me abrieron las puertas a una Historia diferente. Mientras tanto, el crítico en cuestión sigue cómodamente sentado frente a la investigación que dio origen a su carrera en Conicet.

viernes, 16 de junio de 2017

Lulú en Yenny, pero afuera





Bueno, viernes, y no todo es Pestalozzi, también es lluvia y aburrimiento. Pero se me ocurre que tengo que escribir algo yo, para que este blog no se quede encadenado a la historia.
Busco una imagen, elijo esta y me acuerdo del día en que le saqué esta foto a Lulú, en la puerta de Yenny, en el Paseo Aldrey (horrible y frío shopping marplatense) y cómo sus amigos se reían cuando ella la publicó en facebook, “Lulú -le decían- cualquiera que vea la foto va a creer que te gustan los libros, leer..”. No, a ella no le gusta leer y lo lamento, porque no sabe lo que se pierde. Pero, se debe reconocer que aunque en las redes surgen páginas que incentivan a la lectura, el mundo, hoy, no es el de la letra, es el de la imagen y que, mal que nos pese a los viejos, esa es otra forma de aprender, menos intelectual, más sensorial, pero igualmente válida.

El mundo de la imagen y de la inmediatez, el tiempo de las frases cortas y mal escritas. Otro mundo. Lástima que el sistema educativo aún no lo haya comprendido y se continúen aplicando viejas metodologías que no contribuyen en nada al aprendizaje, peor aún, la estrategia educativa tiene como soporte desabridas  fotocopias grises, sobre la cual, el alumno debe responder puntualmente a una pregunta cuya respuesta está escrita cuatro renglones más arriba.

Las editoriales sí lo entendieron, por eso publican libros donde la imagen es la protagonista. Imágenes coloridas, impresas en papel brillante, en ediciones que cuestan un huevo y que solo se regalan para las navidades. Pero así subsisten, y es imposible resistirse a una azalea furiosamente violeta y verde, o a un volcán chorreando chocolate, elaborado por Osvaldo Gross, si se presentan en un policromado álbum de tapa dura. También hay libros, claro, con letras. Las letras, las frases, también conforman imágenes, acaso más profundas, más auténticas; pero eso solo lo sabemos los viejos lectores y sólo Ruiz Zafón puede predecir que será de esos libros cuando todos los lectores ya no estemos en este mundo. ¿Qué será de los libros de García Marquez, de Goytisolo, de Murakami, de.... todos los libros escritos durante cientos y cientos de años y siglos,,,y cuando ya no sean ni leídos en soporte digital? ¡Cuántos personajes morirán con nosotros cuando nadie los lea!?

Nada se pierde, todo se transforma y hay que actualizarse, dijo un filósofo. Yo también estoy fascinada por el mundo de las imágenes; tal es así que he decretado que en mi próxima vida voy a ser técnica en efectos especiales y voy a trabajar, por supuesto, en Hollywood (si es que Hollywood todavía existe y no lo fulminó el Isis).
En ese, mi futuro, alguien hará una remake de “Piratas del Caribe” y allí estaré yo, provocando incendios y hundiendo barcos en aguas hexagonales, o lo que esté de moda en ese momento. Y eso se debe a que, de tanto ir con mis nietos a ver esas películas he comenzado a disfrutarlas, tanto, tanto, que yo misma propongo ir a ver las de Marvel.
Lo que sí me asombra, es que haya "críticos de cine" que le achacan a esas películas su falta de argumento. Tío, esas películas son para ver formas, colores, palacios que se derrumban haciendo un ruido infernal, y oír una música de alto voltaje que sale de los parlantes laterales de la sala cinematográfica; son películas para los sentidos, no para el intelecto.

Y en ese, mi futuro, tal vez me estén esperando Iron Man o Jack Sparrow.

Fdo: Elizabeth



lunes, 12 de junio de 2017

¿Qué produciría hoy la lectura de esta carta?


Justo en este momento que ha surgido una remake del feminismo, y con esto me refiero al feminismo extremo, que se asemeja, o mejor dicho, que se iguala,  al machismo que siempre criticamos las mujeres y que divide en dos las aguas de la humanidad, al punto de hacernos olvidar que ante todo somos personas humanas y como tal defendemos el derecho a la vida y la libertad de todos y no enemigos en virtud del sexo, justo en este momento, digo, encuentro esta carta que Georg Christoph Lichtenberg le envió a su amigo G. H. Amelung, y que fue publicada por Walter Benjamin en “Personajes Alemanes”.


Georg Christoph Lichtenberg (el de la foto) fue un científico y escritor alemán, profesor de la Universidad de Gottinga (dice Wilki), que nació en 1742. De Amelung no encuentro referencias, salvo que Georg Chistoph le escribió la carta. De la misiva, Benjamin dice que encuentra en ella “un grandioso laconismo”... “Pues por más que Lichtenberg exponga con el mayor lujo de detalles la vida de la chica que acogiera en su casa, aunque se remonte a su infancia, luego se interrumpe de repente, de una manera estremecedora, sin decir siquiera una palabra sobre su enfermedad, como si la muerte se hubiera llevado no solo a su amada, sino la pluma que perpetúa su recuerdo…”.



He aquí la carta escrita por Lichtenberg, prueba suficiente que, al día de hoy, lo haría merecedor de un repudio en las redes sociales.

Gottinga, principios de 1783 (O sea que el mozo tenía 41 años)

·         Queridísimo amigo:
·         Esto sí que es por cierto amistad alemana. Mil gracias por haberse acordado de mí. He tardado un poco en contestarle, pero el cielo bien sabe por qué. Es el primero al que se lo confieso. El verano pasado, muy poco después de recibir su última carta, sufrí la pérdida más grande que he tenido en toda mi vida. No le cuente a nadie lo que voy a decirle. En el 1777 (aquí tenía 35)  conocí una muchacha de esta misma ciudad, una que tenía por entonces sólo poco más de trece años; hasta entonces nunca había visto tal modelo de belleza y de dulzura, y eso que ya he visto muchas cosas (¿escribió "cosas"?). La primera ocasión en que la vi ella se encontraba en compañía de cinco o seis niños más que, como es aquí costumbre, vendían flores a los transeúntes en los alrededores de la ciudadela. Me ofreció un ramo y lo compré. Conmigo iban tres ingleses que entonces se alojaban en mi casa- “Dios mío” dijo uno de ellos, “qué hermosa es la muchacha. También yo me había dado cuenta; y sabiendo que nuestra ciudad es una Sodoma, pensé muy seriamente en poder retirar de ese comercio a aquella excelente criatura. Por fin, conseguí hablar a solas con ella y le pedí que me visitara, pero ella respondió que nunca iba a la casa de un hombre. Le dije que era profesor de la Universidad, y por fin una tarde me visitó con su madre. Dicho en pocas palabras: dejó de vender flores y pasaba en mi casa el día entero. Y descubrí que en el hermoso cuerpo vivía el alma que había buscado sin tener éxito durante muchos años. Le enseñé a escribir y calcular y le proporcioné otras nociones que, sin hacer de ella una sabionda, desarrollaron su inteligencia. Mi instrumental de física, que costó más de 1.500 taleros, la interesó por su resplandor, y así acabó siendo casi su único entretenimiento. Nuestra relación creció hasta el máximo. Ella se iba muy tarde cada día para volver a la primera hora de la mañana siguiente, y su principal preocupación era mantener correctamente la totalidad de mis cosas, es decir, desde la corbata hasta la bomba neumática, y lo hacía con dulzura celestial que antes yo nunca habría creído posible. La consecuencia fue, como usted mismo estará suponiendo, que a partir de la Pascua de 1780, ella ya se quedó a vivir en mi casa. Se encontraba tan a gusto con este tipo de vida que no salía de ella sino para ir a la iglesia. No había modo de echarla, siempre estábamos juntos. Y, cuando estaba en la iglesia, era como si con ella se hubieran ido mis dos ojos y todos mis sentidos. En pocas palabras: se convirtió en mi esposa (consiéntame la expresión, querido amigo) sin mediar bendición sacerdotal. No podía mirar sin la mayor emoción a este bello ángel que había aceptado llevar este vínculo. Me Resultaba en verdad insoportable que ella me hubiera sacrificado todo sin darse tal vez cuenta de la enorme importancia que la cosa tenía. De manera que opté por sentarla a la mesa cuando unos amigos comían conmigo, y le proporcioné además los vestidos que correspondían a su situación, y cada día la iba amando más. Decidí casarme con ella ante el mundo, cosa que ella me recordaba también una que otra vez. Pero, ¡dios mío! De repente mi celestial muchacha se me murió al atardecer del 4 de agosto de 1782. Había llamado a los mejores médicos, y había hecho todo lo posible. Permita, amigo mío, que termine. Ya no puedo seguir.
·         G.C. Lichtenberg



Pues, que cada uno saque sus propias conclusiones. Por mi parte, “ella” no tiene nombre, siempre es “ella”, una Viridiana alemana que no pudo pasar a la historia porque Georg Christoph no la nombró ni una vez en su carta. Otra cosa tremenda para las mujeres el siglo XVII, los hombres solo les compraban vestidos cuando “las sentaban” a la mesa con sus amigos. Pero al menos esas comidas, supongo yo, no serían como hoy, “a la romana”.