El por qué de este blog

Por qué este blog? porque nosotras, las mujeres que no nos embanderamos, también queremos hacer escuchar nuestra voz, más pausada, en un tono más armonioso -o al menos es lo que pretendemos- porque tenemos mucha experiencia transitada y mucho para decir en este campo de controversias en que se ha convertido la "lucha de géneros". E invitamos a aquellas compañeras que se sientan identificadas con nuestra postura a colaborar en nuestro blog con sus comentarios.

lunes, 12 de junio de 2017

¿Qué produciría hoy la lectura de esta carta?


Justo en este momento que ha surgido una remake del feminismo, y con esto me refiero al feminismo extremo, que se asemeja, o mejor dicho, que se iguala,  al machismo que siempre criticamos las mujeres y que divide en dos las aguas de la humanidad, al punto de hacernos olvidar que ante todo somos personas humanas y como tal defendemos el derecho a la vida y la libertad de todos y no enemigos en virtud del sexo, justo en este momento, digo, encuentro esta carta que Georg Christoph Lichtenberg le envió a su amigo G. H. Amelung, y que fue publicada por Walter Benjamin en “Personajes Alemanes”.


Georg Christoph Lichtenberg (el de la foto) fue un científico y escritor alemán, profesor de la Universidad de Gottinga (dice Wilki), que nació en 1742. De Amelung no encuentro referencias, salvo que Georg Chistoph le escribió la carta. De la misiva, Benjamin dice que encuentra en ella “un grandioso laconismo”... “Pues por más que Lichtenberg exponga con el mayor lujo de detalles la vida de la chica que acogiera en su casa, aunque se remonte a su infancia, luego se interrumpe de repente, de una manera estremecedora, sin decir siquiera una palabra sobre su enfermedad, como si la muerte se hubiera llevado no solo a su amada, sino la pluma que perpetúa su recuerdo…”.



He aquí la carta escrita por Lichtenberg, prueba suficiente que, al día de hoy, lo haría merecedor de un repudio en las redes sociales.

Gottinga, principios de 1783 (O sea que el mozo tenía 41 años)

·         Queridísimo amigo:
·         Esto sí que es por cierto amistad alemana. Mil gracias por haberse acordado de mí. He tardado un poco en contestarle, pero el cielo bien sabe por qué. Es el primero al que se lo confieso. El verano pasado, muy poco después de recibir su última carta, sufrí la pérdida más grande que he tenido en toda mi vida. No le cuente a nadie lo que voy a decirle. En el 1777 (aquí tenía 35)  conocí una muchacha de esta misma ciudad, una que tenía por entonces sólo poco más de trece años; hasta entonces nunca había visto tal modelo de belleza y de dulzura, y eso que ya he visto muchas cosas (¿escribió "cosas"?). La primera ocasión en que la vi ella se encontraba en compañía de cinco o seis niños más que, como es aquí costumbre, vendían flores a los transeúntes en los alrededores de la ciudadela. Me ofreció un ramo y lo compré. Conmigo iban tres ingleses que entonces se alojaban en mi casa- “Dios mío” dijo uno de ellos, “qué hermosa es la muchacha. También yo me había dado cuenta; y sabiendo que nuestra ciudad es una Sodoma, pensé muy seriamente en poder retirar de ese comercio a aquella excelente criatura. Por fin, conseguí hablar a solas con ella y le pedí que me visitara, pero ella respondió que nunca iba a la casa de un hombre. Le dije que era profesor de la Universidad, y por fin una tarde me visitó con su madre. Dicho en pocas palabras: dejó de vender flores y pasaba en mi casa el día entero. Y descubrí que en el hermoso cuerpo vivía el alma que había buscado sin tener éxito durante muchos años. Le enseñé a escribir y calcular y le proporcioné otras nociones que, sin hacer de ella una sabionda, desarrollaron su inteligencia. Mi instrumental de física, que costó más de 1.500 taleros, la interesó por su resplandor, y así acabó siendo casi su único entretenimiento. Nuestra relación creció hasta el máximo. Ella se iba muy tarde cada día para volver a la primera hora de la mañana siguiente, y su principal preocupación era mantener correctamente la totalidad de mis cosas, es decir, desde la corbata hasta la bomba neumática, y lo hacía con dulzura celestial que antes yo nunca habría creído posible. La consecuencia fue, como usted mismo estará suponiendo, que a partir de la Pascua de 1780, ella ya se quedó a vivir en mi casa. Se encontraba tan a gusto con este tipo de vida que no salía de ella sino para ir a la iglesia. No había modo de echarla, siempre estábamos juntos. Y, cuando estaba en la iglesia, era como si con ella se hubieran ido mis dos ojos y todos mis sentidos. En pocas palabras: se convirtió en mi esposa (consiéntame la expresión, querido amigo) sin mediar bendición sacerdotal. No podía mirar sin la mayor emoción a este bello ángel que había aceptado llevar este vínculo. Me Resultaba en verdad insoportable que ella me hubiera sacrificado todo sin darse tal vez cuenta de la enorme importancia que la cosa tenía. De manera que opté por sentarla a la mesa cuando unos amigos comían conmigo, y le proporcioné además los vestidos que correspondían a su situación, y cada día la iba amando más. Decidí casarme con ella ante el mundo, cosa que ella me recordaba también una que otra vez. Pero, ¡dios mío! De repente mi celestial muchacha se me murió al atardecer del 4 de agosto de 1782. Había llamado a los mejores médicos, y había hecho todo lo posible. Permita, amigo mío, que termine. Ya no puedo seguir.
·         G.C. Lichtenberg



Pues, que cada uno saque sus propias conclusiones. Por mi parte, “ella” no tiene nombre, siempre es “ella”, una Viridiana alemana que no pudo pasar a la historia porque Georg Christoph no la nombró ni una vez en su carta. Otra cosa tremenda para las mujeres el siglo XVII, los hombres solo les compraban vestidos cuando “las sentaban” a la mesa con sus amigos. Pero al menos esas comidas, supongo yo, no serían como hoy, “a la romana”. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario