Justo en este momento que ha
surgido una remake del feminismo, y
con esto me refiero al feminismo extremo, que se asemeja, o mejor dicho, que se
iguala, al machismo que siempre
criticamos las mujeres y que divide en dos las aguas de la humanidad, al punto
de hacernos olvidar que ante todo somos personas humanas y como tal defendemos
el derecho a la vida y la libertad de todos y no enemigos en virtud del sexo,
justo en este momento, digo, encuentro esta carta que Georg Christoph
Lichtenberg le envió a su amigo G. H. Amelung, y que fue publicada por Walter
Benjamin en “Personajes Alemanes”.
Georg Christoph Lichtenberg (el de la foto) fue un científico y
escritor alemán, profesor de la Universidad de Gottinga (dice Wilki), que
nació en 1742. De Amelung no encuentro referencias, salvo que Georg Chistoph le
escribió la carta. De la misiva, Benjamin dice que encuentra en ella “un
grandioso laconismo”... “Pues por más que Lichtenberg exponga con el mayor lujo
de detalles la vida de la chica que acogiera en su casa, aunque se remonte a su
infancia, luego se interrumpe de repente, de una manera estremecedora, sin
decir siquiera una palabra sobre su enfermedad, como si la muerte se hubiera
llevado no solo a su amada, sino la pluma que perpetúa su recuerdo…”.
He aquí la carta escrita por Lichtenberg,
prueba suficiente que, al día de hoy, lo haría merecedor de un repudio en las
redes sociales.
·
Queridísimo amigo:
·
Esto sí que es por cierto amistad
alemana. Mil gracias por haberse acordado de mí. He tardado un poco en
contestarle, pero el cielo bien sabe por qué. Es el primero al que se lo
confieso. El verano pasado, muy poco después de recibir su última carta, sufrí
la pérdida más grande que he tenido en toda mi vida. No le cuente a nadie lo que voy a decirle. En el 1777 (aquí tenía 35) conocí
una muchacha de esta misma ciudad, una que tenía por entonces sólo poco más de
trece años; hasta entonces nunca había visto tal modelo de belleza y de
dulzura, y eso que ya he visto muchas cosas (¿escribió "cosas"?). La primera ocasión en que la vi ella se
encontraba en compañía de cinco o seis niños más que, como es aquí costumbre,
vendían flores a los transeúntes en los alrededores de la ciudadela. Me ofreció
un ramo y lo compré. Conmigo iban tres ingleses que entonces se alojaban en mi
casa- “Dios mío” dijo uno de ellos, “qué hermosa es la muchacha. También yo me
había dado cuenta; y sabiendo que nuestra ciudad es una Sodoma, pensé muy
seriamente en poder retirar de ese comercio a aquella excelente criatura. Por
fin, conseguí hablar a solas con ella y le pedí que me visitara, pero ella
respondió que nunca iba a la casa de un hombre. Le dije que era profesor de la
Universidad, y por fin una tarde me visitó con su madre. Dicho en pocas
palabras: dejó de vender flores y pasaba en mi casa el día entero. Y descubrí
que en el hermoso cuerpo vivía el alma que había buscado sin tener éxito
durante muchos años. Le enseñé a escribir y calcular y le proporcioné otras nociones
que, sin hacer de ella una sabionda, desarrollaron su inteligencia. Mi instrumental
de física, que costó más de 1.500 taleros, la interesó por su resplandor, y así
acabó siendo casi su único entretenimiento. Nuestra relación creció hasta el
máximo. Ella se iba muy tarde cada día para volver a la primera hora de la
mañana siguiente, y su principal preocupación era mantener correctamente la
totalidad de mis cosas, es decir, desde la corbata hasta la bomba neumática, y
lo hacía con dulzura celestial que antes yo nunca habría creído posible. La
consecuencia fue, como usted mismo estará suponiendo, que a partir de la Pascua
de 1780, ella ya se quedó a vivir en mi casa. Se encontraba tan a gusto con
este tipo de vida que no salía de ella sino para ir a la iglesia. No había modo
de echarla, siempre estábamos juntos. Y, cuando estaba en la iglesia, era como
si con ella se hubieran ido mis dos ojos y todos mis sentidos. En pocas
palabras: se convirtió en mi esposa (consiéntame la expresión, querido amigo)
sin mediar bendición sacerdotal. No podía mirar sin la mayor emoción a este
bello ángel que había aceptado llevar este vínculo. Me Resultaba en verdad
insoportable que ella me hubiera sacrificado todo sin darse tal vez cuenta de
la enorme importancia que la cosa tenía. De manera que opté por sentarla a la
mesa cuando unos amigos comían conmigo, y le proporcioné además los vestidos
que correspondían a su situación, y cada día la iba amando más. Decidí casarme
con ella ante el mundo, cosa que ella me recordaba también una que otra vez.
Pero, ¡dios mío! De repente mi celestial muchacha se me murió al atardecer del
4 de agosto de 1782. Había llamado a los mejores médicos, y había hecho todo lo
posible. Permita, amigo mío, que termine. Ya no puedo seguir.
·
G.C. Lichtenberg
Pues, que cada uno saque sus
propias conclusiones. Por mi parte, “ella” no tiene nombre, siempre es “ella”,
una Viridiana alemana que no pudo pasar a la historia porque Georg Christoph no
la nombró ni una vez en su carta. Otra cosa tremenda para las mujeres el siglo
XVII, los hombres solo les compraban vestidos cuando “las sentaban” a la mesa
con sus amigos. Pero al menos esas comidas, supongo yo, no serían como hoy, “a
la romana”.


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