Hoy abrimos este blog con una carta que Johan Heinrich Pestalozzi, el conocido pedagogo, educador y reformador Suizo, le escribió a Anna Schulthess.
Pestalozzi, hijo de la Ilustración pero también del Romanticismo, así le escribía a su amada:
Si en el piadoso banco de una iglesia un santo monje ofrece a una chica su mano sin haberla ocultado bajo el burdo paño de su hábito, ha de hacer penitencia, y si un chico le habla a una chica de un beso, aunque sea sin darlo ni recibirlo, también tendrá que hacerla. Por mi parte, yo hago penitencia para que mi chica no se enfade. Dado que una chica no se enfada al ver a un chico que, siendo digno de ella, cree sinceramente ser amado por ella; pero si el chico le menciona un beso, ella seguro que se enfadará, pues no besamos a todos los que amamos, y los besos de las chicas sólo están destinados a la boca de aquellas que son sus amigas. Y por eso es un pecado muy grave el que un chico intente inducir a una chica a que lo bese. Siendo el pecado especialmente grave si un chico intenta inducir a esto a una sola chica, la que ama.
Un chico nunca debe desear ver a sola a la chica que ama. La sede de una amor puro e inocente son las reuniones ruidosas y las inseguras habitaciones de la ciudad, así que fue un peligroso hereje quien dijo que las "cabañas" son un séjour des amants [una residencia de los amantes], pues alrededopr de las cabañas siempre hay caminos solitarios, bosques y prados, lagos y árboles umbríos. El aire ahí es puro y respira alegría, serenidad y gozo ¿cómo podría resistirse ahí una chica a los malvados besos de su amado? No, el lugar en que un chico que sea discreto quiere ver a su amada es sin duda en mitad de la ciudad. Una calurosa tarde de verano él espera a su amada bajo las tejas ardientes de una habitación llena de vapor llena de vapor, una en la cual la barrera de un muro se alza poderosa frente al murmullo del céfiro. El calor, el vapor, la gente y el miedo mantienen así al chico en un silencia decoroso y decente, y a menudo se produce ahí una prueba la de la mayor virtud, y de una que no se conoce en el campo: la del chico que se queda dormido aún estando en presencia de su amada.
Por eso yo tengo que hace penitencia, pues debo confesar que he deseado los paseos solitarios y los besos; pero soy un desalmado pecador, y mi chica lo sabe; mi penitencia sería pues hipócrita y tal vez yo no desee otra. Por eso no voy a hacer penitencia; y si Doris se enfada yo me enfadaré y le diré:
"Responde ¿qué he hecho? Me quitaste la carta y la leíste sin tener mi permiso porque no era tuya.- ¿Es que yo no puedo escribir para mí?, ¿no puedo soñar con unos besos si me apetecen? Sabes que ni doy besos ni los robo, sabes también que no soy audaz, sólo es mi pluma. Si tu pluma está peleada con mi pluma, hazle entonces que escriba y que castigue empleando reproches de papel a mi arriegada audacia de papel. A nosotros no nos incumbe esa pelea. Si lo quieres así, haz que tu pluma se enfade con mi pluma, Pero no dispongas en tu rostro arrugas de enfado y no vuelvas a apartarme de ti, tal como lo has hecho hoy".
Tengo el honor de ponerme a vuestros pies por siempre
Vuestro seguro servidor H.PAnna y su seguro servidor se casaron en 1769, contra la voluntad de los padres de la novia, ella tenía 31 años, y él 23. Ella lo siguió en todas sus aventuras y compartió sus ideales, y también una vida llena de privaciones, producto del apasionado carácter de Heinrich. Tuvieron un solo hijo, pero su casa de campo se convirtió en una verdadera escuela y hogar para muchos niños. Heinrich creía que a los niños no se les deben proporcionar conocimientos ya construidos, sino la oportunidad de aprender sobre sí mismos mediante la actividad personal.

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