He buscado, inútilmente, una foto de Esteban Lamothe con el rostro ensangrentado y cara de furia, apuntando con una pistola a la protagonista mientras pronuncia POR QUÉ ME HACES ESTO!!!
Quería ilustrar esta entrada con la foto de esa escena porque, aunque mala, me pareció muy simbólica. Sin lugar a dudas simboliza el grito de guerra del macho antes de encajarte una trompada. Como bien sabemos, es muy normal eso de desligarse de la responsabilidad del golpe trasladando la culpa al otro. Por ese motivo, por qué me hacés esto o mirá cómo me ponés, se han convertido en los slogans de la violencia de género.
Quería ilustrar esta entrada con la foto de esa escena porque, aunque mala, me pareció muy simbólica. Sin lugar a dudas simboliza el grito de guerra del macho antes de encajarte una trompada. Como bien sabemos, es muy normal eso de desligarse de la responsabilidad del golpe trasladando la culpa al otro. Por ese motivo, por qué me hacés esto o mirá cómo me ponés, se han convertido en los slogans de la violencia de género.
Pero, pero, siempre hay un pero, no todo es blanco o negro, los matices son innumerables y en este tema también. Ese por qué me hacés esto puede ser también el discurso encubierto de un hombrecito o de una mujercita buenos como el pan, que también intentan desplazar en el otro la culpa del desamor o del simple aburrimiento. Por qué me hacés esto si yo soy tan bueno/a, si te di mis noches y mis días, si te pagué la luz y las expensas, si jamás pensé en nadie que no fueras vos....
Mentiras, viles mentiras. La imaginación nos pertenece y vuela como una tórtola y en ese vuelo suceden todas las fantasías y muchas infidelidades.
Hoy, nuestras colegas feminazis exigen que, ante un buen par de tetas, el hombre mire para otro lado. Por suerte, todavía somos dueños de nuestros pensamientos, y por supuesto de nuestros ratones y ni siquiera un marido celoso puede impedir que miremos las manos y los zapatos del nuevo vecino ni una mujer celosa puede detener los coqueteos seductores, pero al fin y al cabo inocentes, del marido con esa chica de la oficina. Y es que la imaginación nos permite corrernos de ese espacio de rutina que convierte la convivencia en un largo y aburrido domingo. Entonces, cuando de pronto descubrimos que subimos el ruedo del vestido no para que nuestro "conviviente" mire nuestras torneadas pantorrillas sino para que lo haga el vecino, si pensamos en él cuando vamos a la peluquería y nos ponemos dos o tres mechas violetas, si cambiamos el perfume para que la secretaria del gerente nos pregunte hmmm qué perfume usás??? o nos matamos en el gimnasio para abultar la camisa, estamos cometiendo una infidelidad mental pero absoluta que, sin embargo, nos ayuda a sobrellevar el momento de crisis de pareja por el que todos pasamos, invariablemente. Y es precisamente el/la "conviviente" quien recoge los beneficios, porque generalmente el auténtico destinatario de nuestra transformación no se entera.
Ahora, si ante las dudas que provocan los cambios del otro ponemos cara de carnero degollado y, explícita o implícitamente pronunciamos el fatídico "por qué me hacés esto", tiramos abajo toda la construcción supletoria y nos convertimos en un lastimoso fardo.
Hace muchos años vi una película que todos deberían ver antes de casarse y/o emparejarse, Blue Valentine, porque esa película muestra que nunca nos casamos (o emparejamos) con la persona de quien nos enamoramos. Apenas asumida la responsabilidad de la convivencia cada uno de nosotros, los contrayentes, se transforma en otra persona, ni mejor ni peor (aunque generalmente es peor), y siente la urgente necesidad de transformar al otro a su imagen, aunque esta imagen no sea la que lo enamoró. O peor aún, sucede a veces que nos enamoramos de alguien casi desconocido y cuando nos acercamos a ese alguien no es ni por asomo cómo lo habíamos imaginado, entonces qué hacemos ¿nos alejamos? Nooo, intentamos cambiar desesperadamente esa personalidad arrolladora que nos había fascinado a la distancia para convertirlo en un gatito faldero. Y si el alguien se resiste surge el inevitable por qué me haces esto?
En esto nos parecemos todos, chicos, chicas y trans, todos sufrimos del mismo mal, la autocompasión, que nunca, nunca, deberíamos exteriorizar. La cuestión es apoderarse de esos momentos de fascinación que pasan por la mente del otro en los temidos momentos de aburrimiento y usarlos en nuestro beneficio. Después de todo, es solo cuestión de práctica.