Y sigo sin terminar la lectura de Bachofen. Digamos que me cuelgo de otros intereses y ahora de Netflix. Me negaba a suscribirme porque sabía que mi atracción por el cine me iba a deparar noches reducidas, como está sucediendo. Pero el mensajito tentador ofreciendo promociones y un mes gratis aparecía en mis correo, en mis redes y en cualquier ángulo del monitor. Entonces claudiqué.
Empecé con "Grand Hotel",...tan romántica y ellos tan lindos (!!!!), luego "Las chicas del cable", "La Catedral del mar" y ahora "La esclava blanca" y en todas las que elegí hay un denominador común, el sometimiento de la mujer por parte de padres, maridos, amantes, incluso hijos y hasta por parte de madres que se obstinan en reproducir el modelo familiar donde el hombre es el dueño y señor de su casa y de la vida de sus mujeres. Yo no busco el tema, el tema aparece; indudablemente "volvió para quedarse". La problemática sigue tan vigente como hace un siglo, dos, tres, trescientos, mil..... . Desde el tiempo en que los hombres se apoderaron del matriarcado y lo hicieron desaparecer (o al menos eso creen). Pero lo más curioso es que esas palabras, matriarcado, patriarcado, que suenan mucho en el lenguaje académico pero en el cotidiano parecen pasadas de moda, han vuelto a resurgir y hablamos hoy de patriarcado como si fuera la institución más cool del siglo XXI. ¿Será así, moda vintage?
Simultáneamente al asunto del dominio masculino aparece, en las series de Netflix, el tema de la rebelión o, por lo menos, el de las estrategias que las mujeres utilizaron, en todas las épocas, para burlar los severos mandatos paternales y maritales y...darse un respiro, eventual o definitivo, que podía terminar en la muerte. Isabel Morant, feminista, historiadora y escritora española dice, refiriéndose a la mujer, que "una cosa es ser oprimida y otra es ser estúpida" y que en todos los tiempos el sexo femenino supo desplegar sus estrategias para enfrentarse al poder patriarcal. Aunque el argumento de las series de ficción que muestran como estas mujeres dominadas por un sistema opresor fueron capaces de rebelarse nos parezca exagerado, mujeres audaces y desenfadadas existieron siempre y no fueron pocas las que murieron bajo el garrote de sus padres y maridos cuando sus faltas se hicieron públicas y sus afrentas demasiado ofensivas.
Elizabet Fox-Genovese, historiadora norteamericana, relata historias similares a los hechos que dan forma al argumento de "La esclava blanca". Utilizando como fuentes los diarios íntimos y cartas que escribían las mujeres blancas de la gran plantación sureña, Fox-Genovese devela los secretos y anhelos que se escondían en el ámbito femenino de las haciendas. Esas fuentes revelaron también las relaciones antagónicas que se establecieron entre el ama blanca y la esclava negra en la competencia por la atención del señor de la plantación Las esclavas africanas, cuenta Genovese, lejos de someterse pasivamente a los deseos del amo, desplegaron toda su sensualidad para obtener favores para ellas o para sus hijos, sensualidad que la mujer blanca, educada en el catolicismo, debía reprimir. Pero, como sucede en la serie "La esclava blanca", cuyo nombre hace referencia a la similitud de la condición de la mujer blanca con la de los esclavos en el período colonial, también el ama blanca se despojaba de sus prejuicios en lechos ajenos al matrimonial donde dejaba de lado sus pudores y no pocas veces los placeres obtenidos eran proporcionados por sus propios esclavos.
El sexo, la sensualidad, siempre fueron "herramientas" de seducción utilizadas tanto por hombres como por mujeres. Nos guste o no a las mujeres de este álgido momento reivindicatorio, debemos aceptar que hoy, como ayer, siguen siendo la principal estrategia femenina. No se trata de cuanto queramos mostrar o dejar de mostrar de nuestro cuerpo para seducir; como lo demostró Michelle Pfeiffer en "La edad de la inocencia", a veces el recato es la clave de la sensualidad. Por otra parte, las obras de ficción, ya sean de cine o literatura, recrean otro fenómeno que sigue vigente, el de las artimañas femeninas cuando otra mujer se cruza en el camino de "su presa". Mientras el hombre en general es leal con los de su sexo, nosotras las mujeres somos capaces de pinchar con alfileres a la rival de la cabeza a los pies o tirarla por las escaleras. Otro factor que hoy subsiste es el uso del posesivo, común en hombres y mujeres, para referirnos a nuestras ligazones familiares: mi marido, mi mujer, mi novio, mi hijo; no es Carlitos, Mariana o Serafín, el posesivo reemplaza el nombre del objeto humano poseido. Esto puede significar, o que la persona, la mujer en este caso, está orgullosa de su "clan", o que sin él, siente que pierde sus atributos, y eso implica que aún hoy, muchas mujeres sienten que son quienes son porque tienen al lado alguien a quien "posee" y las "posee".
¿A que voy con esto? a que cuando miramos esas series que muestran los condicionamientos de antaño en las relaciones entre los sexos nos encontramos a nosotras mismas hoy, con toda una variedad de decisiones tomadas. Mujeres a quien la experiencia les ha dado la sabiduría de cumplir su rol sin violencia pero con firmeza, mujeres que encuentran en el hogar y en la posesión de su familia una muy válida realización, y aquellas que con desenfreno fundamentalista solo han dado vuelta la tortilla y perdido ese encanto que nos hace verdaderamente femeninas.
El sexo, la sensualidad, siempre fueron "herramientas" de seducción utilizadas tanto por hombres como por mujeres. Nos guste o no a las mujeres de este álgido momento reivindicatorio, debemos aceptar que hoy, como ayer, siguen siendo la principal estrategia femenina. No se trata de cuanto queramos mostrar o dejar de mostrar de nuestro cuerpo para seducir; como lo demostró Michelle Pfeiffer en "La edad de la inocencia", a veces el recato es la clave de la sensualidad. Por otra parte, las obras de ficción, ya sean de cine o literatura, recrean otro fenómeno que sigue vigente, el de las artimañas femeninas cuando otra mujer se cruza en el camino de "su presa". Mientras el hombre en general es leal con los de su sexo, nosotras las mujeres somos capaces de pinchar con alfileres a la rival de la cabeza a los pies o tirarla por las escaleras. Otro factor que hoy subsiste es el uso del posesivo, común en hombres y mujeres, para referirnos a nuestras ligazones familiares: mi marido, mi mujer, mi novio, mi hijo; no es Carlitos, Mariana o Serafín, el posesivo reemplaza el nombre del objeto humano poseido. Esto puede significar, o que la persona, la mujer en este caso, está orgullosa de su "clan", o que sin él, siente que pierde sus atributos, y eso implica que aún hoy, muchas mujeres sienten que son quienes son porque tienen al lado alguien a quien "posee" y las "posee".
¿A que voy con esto? a que cuando miramos esas series que muestran los condicionamientos de antaño en las relaciones entre los sexos nos encontramos a nosotras mismas hoy, con toda una variedad de decisiones tomadas. Mujeres a quien la experiencia les ha dado la sabiduría de cumplir su rol sin violencia pero con firmeza, mujeres que encuentran en el hogar y en la posesión de su familia una muy válida realización, y aquellas que con desenfreno fundamentalista solo han dado vuelta la tortilla y perdido ese encanto que nos hace verdaderamente femeninas.



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